domingo 28 de febrero de 2010

Un nuevo amanecer - Momento cero


Capítulo 1 (parte 3)
En un ritual mutilante, me liberó de lo que yo pensé que podía ser mi alma y me inundó un profundo olor a caos, fue como presenciar por un instante los calores infernales, entrar en la lógica tanática de ese mundo del que mi inquilino era parte.
Súbitamente, me vi envuelto de mis brazos y de mis ropas, estaba de vuelta en mi cuerpo, y todo volvió a empezar, mientras yo me miraba las articulaciones perplejo y me decía una y otra vez que había errado en mi decisión de dejarlo tomar mi lugar; este pequeño demonio me internaba una vez más en ese ritual repetido de conjuros y luces color sangre. Me sentí invadido por una poderosa fuerza que me mantuvo inmóvil. Mi mente empezó a retirarse de mis sensaciones y mi cuerpo paulatinamente me dejó de pertenecer. A la vez que él entraba yo salía, mientras él subía a mi realidad, yo bajaba a los avernos, mi alma escindida no quiso acompañarme y me miró con recelo y furia a sabiendas que ya nada sería igual. Resignada y aturdida se quedó en el umbral del reino inferior, mirando como esas luces rojas transformadas en humo me envolvían y me arrastraban. Mis manos se clavaron en la tierra, mis dedos sangraban y mi voluntad no se resignaba, pero ya era demasiado tarde, ese espeluznante agujero que se había abierto en el piso no se cerraría sin situarme en las garras de lucifer. Comencé a sangrar de color negro y a sentir un hedor insoportable. El calor era casi inaguantable y mis pies empezaron a quemarse. Para estos momentos estaba yo mitad dentro y mitad fuera, pataleando y gritando que no quería saber nada, que el pacto se anulaba. Pero entonces vi mi cara, mi propia cara transformarse en una risita del todo y literalmente diabólica que de mí se burlaba, mientras pasaba de la cintura al pecho y de ahí al cuello. Cuando solo quedaban mis brazos fuera del pozo y mi cabeza lo seguía mirando, dio media vuelta y se fue, se fue en mí, me fui y me dejé abandonado en el límite de la atrocidad. Paulatinamente fui cayendo y hacia el fondo del averno me dirigí sin prisa pero sin pausa, caía como una hoja muerta en otoño. Caí hasta que mis pies encontraron el piso de la morada roja e incendiada que otrora fuera la de mi inquilino corporal. 

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